Por: María Jimena Duzán
Muy merecido el premio que acaba de recibir el director de la Policía, Óscar Naranjo, como el Mejor Policía del Mundo. Conozco de vieja data al general y siempre le he admirado su preparación y su verticalidad a la hora de enfrentar el poderío de los carteles de la droga. Sin embargo, con esa misma franqueza con que le reconozco sus aciertos, le diría al general Naranjo que se equivocó al haber aceptado la placa que le dio la DEA en esa misma reunión, a puertas cerradas y en medio de estrictas medidas de seguridad, en la que se le nombra como "agente especial" de la DEA.
Evidentemente nada de eso ocurrió. La noticia de que el general Naranjo fue nombrado agente especial de la DEA no causó mayor controversia. (¿Qué tal que Piedad Córdoba hubiera sido nombrada como agente especial de la Policía venezolana en 'gratitud' por haber puesto en marcha los postulados de la revolución bolivariana en Colombia? ¿Creen ustedes que el procurador Ordóñez no la habría acusado de traición a la patria?). Y en momentos en que en California se le daba un golpe fulminante a esa política al abrirse la posibilidad de que se comience a debatir la eventual legalización de la marihuana en ese estado, él salía a defenderla ante los micrófonos.
Sin embargo, el hecho de que el país haya considerado tan loable este nombramiento tan atípico no significa que el camino escogido sea el correcto.
Solo significa que el Estado colombiano a lo largo de todos estos años ha sido incapaz de diseñar una política de drogas propia, que responda a los intereses nacionales y no a los intereses de Washington. Significa también que por estar mirando siempre al norte y a la DEA como nuestros oráculos, hemos ido perdiendo un valioso tiempo para que generales tan experimentados y exitosos como el propio Óscar Naranjo aporten con su experiencia y conocimiento en la creación de una agenda propia. El temor a perder los cuantiosos fondos que Estados Unidos brinda a Colombia tanto para la Policía como para la justicia hace aún más difícil que estas reflexiones se lleven a cabo y en cambio impulsa a que nuestras agencias se vuelvan ejecutoras de una política que no solo no ha sido diseñada por nosotros, sino que hay que ejecutarla sin cuestionar.
Si ese debate se hubiera dado en el país de manera abierta y democrática, probablemente temas como el trasplante del Sistema Penal Acusatorio hubieran sido mucho más estudiados y, de pronto, hasta rechazados. Puntos de honor como el de la extradición hubieran sido revisados y la Policía no tendría que invertir sus energías en extraditar colombianos para que muchos de ellos terminen libres después de pagar penas irrisorias, convertidos en estrellas de cine. Los 'éxitos' en la fumigación hubieran sido analizados en su real dimensión y se habría visto cómo la reducción de los cultivos en Colombia produjo el resurgimiento de los cultivos de coca en las zonas de frontera y en países como Perú y Bolivia. Y en lugar de andar enfrascados en la pelea por las cifras que hablan de una impresionante reducción de la coca que se exporta desde Colombia -cifras que no coinciden con la cantidad de coca que llega de este país a México-, deberíamos estar abordando temas como el de la corrupción en la Policía y en el Ejército producto de la penetración del narcotráfico.
Hasta los ex presidentes que una vez creyeron en estas políticas, como Cardoso, de Brasil, y César Gaviria, de Colombia -y no me extrañaría que lo mismo estuviera pensando el presidente Santos-, tienen hoy sus reservas y hablan ya del fracaso de la lucha contra las drogas sin mayores tapujos. El único que sigue defendiendo una política que está haciendo agua es el general Óscar Naranjo, agente especial honorario de la DEA.